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GINO BARTALI, EL CICLISTA QUE TRAFICABA DOCUMENTOS PARA SALVAR JUDÍOS DEL NAZISMO

El hombre de las pocas palabras y los ojos celestes pedalea 400 kilómetros diarios. Sale de Asís, llega a Florencia y regresa a casa antes del anochecer. Se entrena con una constancia conmovedora, y todo el mundo sabe que lo mueve la pasión por la bicicleta y el deseo de volver a ganar el Giro de Italia, como lo hiciera en 1936 y en 1937. Lo que nadie imagina es que en cada viaje, escondidos en el manubrio y en el asiento de su Legnano, el hombre lleva fotos y documentos que salvarán la vida de unos 800 judíos en riesgo a partir de la ocupación alemana de Italia. La historia de Gino Bartali es la epopeya de un campeón, de un ídolo del ciclismo y el deporte italianos, pero es también la increíble hazaña de un tipo común, cristiano fervoroso y ajeno a todo heroísmo, que hizo lo que sintió que tenía que hacer.

Bartali fue tres veces ganador del Giro de Italia y dos veces se coronó en el Tour de Francia.

Bartali fue tres veces ganador del Giro de Italia y dos veces se coronó en el Tour de Francia.

Por estos días, una muestra organizada por la Embajada de Italia y el Museo del Holocausto homenajea a Bartali en el porteño barrio de Belgrano. “La primera vez que oí hablar de esta historia fue a mediados de los 80. La RAI pasó una película que se llamaba The Assisi Underground, en la que se contaba la actividad de las monjas de clausura que ayudaron a judíos a escapar de los nazis. Y aparece el personaje de un ciclista que frecuentaba el monasterio de San Damiano, cerca de Asís. Se llamaba Bartali. Ahí empecé a descubrirlo todo”.

La que habla es Gioia Bartali, la nieta de Gino, encargada de contar la historia del abuelo desde que su padre, Andrea, único hijo varón del ciclista, falleció en junio de 2017. Gioia tiene 49 años y unos enormes ojos celestes, tan celestes como dice que los tenía su abuelo, y que se pondrán vidriosos una sola vez.

Goia Bartali, nieta del ciclista Gino Bartali que ayudo a salvar judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Foto: Diego Waldmann

Goia Bartali, nieta del ciclista Gino Bartali que ayudo a salvar judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Foto: Diego Waldmann.

“El abuelo se enojó bastante cuando vio esa película. Nadie le había avisado que ese personaje iba a aparecer. Nunca había hablado de esto. Mi papá sí sabía, pero tenía casi prohibido hablar del tema por pedido del abuelo. En Florencia, alguna gente me contó que a veces Gino hacía alguna mención, pero que prefería el silencio. Hasta esa película era mi abuelo. Ni campeón de ciclismo ni mucho menos héroe”, sigue Gioia.

Gino Bartali nace en Ponte a Ema, un pequeño pueblo al sur de Florencia, el 18 de julio de 1914. Hijo de Torello, obrero, y de Giulia, trabajadora rural, se deja abrazar por el ciclismo como tanto joven del interior de Italia. Esa actividad que movía multitudes al paso de los competidores por cada pueblo, la única que ligaba a todo el país sin tener que pagar entrada.

El deporte que ponía a Italia a la altura de los mejores. Gino se hace corredor conocido, ganador y famoso mientras sueña con representar a Florencia y a Italia junto con Giulio, su hermano dos años menor. “Dicen que el sueño de mi abuelo era competir en la misma categoría que su hermano y ganar una carrera cada uno. Y que insistía en que Giulio era más fuerte y mejor que él”.

Pero la historia, que le tenía preparado un desafío impensado, primero le tiende una trampa: Gino Bartali gana su primer Giro de Italia y días después (transcurría 1936) su hermano es atropellado mientras mira una carrera. El hecho lo marca: decide dejar de correr. Su novia de entonces, luego su compañera de toda la vida, le insiste para que vuelva. Y Gino abraza a la vez el deporte de siempre y la religión. Se hace fervoroso creyente. Gana su segundo Giro al año siguiente (repetiría en 1946) y se hace laico en la Tercera Orden carmelita.

Una de las imágenes de la muestra sobre Gino Bartali.

Una de las imágenes de la muestra sobre Gino Bartali.

Su relación con la iglesia y con la fe marcarán definitivamente su rumbo. Su fama de corredor exitoso le impide asistir a misa como cualquier cristiano, y el obispo de Florencia, Elia Dalla Costa, amigo de la familia, lo autoriza a montar una pequeña capilla con altar en su casa florentina. “Mi abuelo era muy católico, muy religioso. Siempre decía que ‘el bien se hace, pero no se dice’, y que ayudar a la gente no necesita ser contado, sólo ser sentido. Yo al principio relacionaba la frase con su religiosidad, sin saber que estaba diciendo otra cosa”, dice Gioia.

Ese Bartali es el que gana su primer Tour de France en 1938 (lo haría de nuevo en el 48) y que en lugar de hacer el saludo fascista, como esperaba Mussolini, se persigna, es obligado a volver en tren desde París y es recibido sin honores por orden del Duce. Ese Bartali sigue pedaleando en su tierra, soñando con más hazañas. Ese hombre está listo para su mayor desafío…

Bartali, en la portada de El Gráfico y con el maillot de campeón del GIro de Italia en 1938.

Bartali, en la portada de El Gráfico y con el maillot de campeón del GIro de Italia en 1938.

Ya es el verano de 1943. Mussolini deja el poder en julio. En septiembre, el nuevo gobierno pacta con los aliados. Y Alemania invade el norte del país, incluyendo la Toscana. El futuro es sombrío para los judíos. El cardenal Dalla Costa, dedicado a refugiar en su tierra a centenares de perseguidos europeos, le explica su plan a Bartali. Su bicicleta, y su condición de estrella del deporte italiano, servirán para llevar fotos y traer documentación falsa para salvar judíos. Bartali acepta, pese al enorme riesgo. Pedalea, se entrena y trafica documentos. Es requisado decenas de veces, e invariablemente pide que dejen a un lado la bicicleta de carrera para que no se descalibre. Lo logra. Pasa controles y ayuda a salvar 800 vidas.

La historia, oculta o minimizada por años, ve la luz cuando el judío toscano Giorgio Goldenberg revela en 2010 otro hecho desconocido: su familia había sobrevivido al nazismo oculta por Gino en el sótano de una casa vecina. Ese hecho hace que el instituto Yad Vashem, dedicado a perpetuar la memoria de las víctimas del Holocausto, lo nombre “Justo entre las Naciones”, título honorífico que se concede a todo aquel que haya salvado vidas durante aquella tragedia. Un título que ostenta, por ejemplo, Oskar Schindler, el de la lista y la película.

Una muestra organizada por la Embajada de Italia y el Museo del Holocausto homenajea a Bartali en el porteño barrio de Belgrano. Foto: Diego Waldmann.

Una muestra organizada por la Embajada de Italia y el Museo del Holocausto homenajea a Bartali en el porteño barrio de Belgrano. Foto: Diego Waldmann.

Convertida en embajadora de la causa de Gino, Gioia lamenta que sus hijos, Mateo y Leonardo (de 11 y de 15), elijan el fútbol y no el ciclismo. “Ninguno conoció al abuelo, que murió en mayo de 2000”, dice. Y detalla un recuerdo que la acompaña: “Yo tendría cinco, seis años, pintaba un dibujo y se acerca mi abuelo, que no era muy demostrativo. Pone su mano sobre la mía, me guía y me dice: ‘Debes estar atenta a no superar los márgenes. En la vida siempre hay que respetar los límites’. Parecía algo menor, un detalle”.

A Gioia se le empañan los ojos celestes de Gino. Si su abuelo -creyente, bueno, campeón, héroe- sabía dónde estaban los límites, dedicó su vida, sin quererlo, a desafiarlos.

– DESDE EL VIERNES 15, LA MUESTRA – 

“Gino Bartoli: Justo entre las Naciones. Campeón del ciclismo y la humanidad” es el nombre de la muestra que la Embajada de Italia expone en la sede provisoria del Museo del Holocausto, José Hernández 1.750, en Buenos Aires. La muestra cuenta con siete paneles fotográficos sobre su carrera deportiva y sus acciones heroicas, y se puede visitar desde el viernes 15 de este mes y hasta el 19 de abril todos los martes y jueves a las 16 y a las 17.30, previa inscripción en el sitio web del Museo: www.museodelholocausto.org.ar.    

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